Ecopoéticas Urbanas, 2013
Podría pensarse que todos los canteros son similares, rectángulos de tierra enmarcados por un borde de cemento, con un árbol plantado en el centro.

Pero no. Al caminar las veredas, se descubren como recintos de variadas dimensiones, formas y estados, depositarios de las más diversas situaciones. Los hay del tamaño de una baldosa, hasta otros que se funden en tierra de nadie. Rodeados por cuidadas rejas negras con borlas de bronce pulido, o bien por precarios entretejidos de maderas y alambres oxidados . Otros de bordes difusos, expulsados de la horizontalidad de la vereda gracias a la pulsión creciente de robustas raíces que emergen desde la profundidad de la tierra.

Árboles de gruesos troncos negros que casi no caben en el mísero cuadradito que les fue asignado son vecinos de raquíticas ramas apuntaladas por dudosos tutores. Parejas vegetales unidas en un eterno abrazo conviven con oscuras selvas compactas. Jardines de revista, melenas de corte geométrico, paisajes californianos, exquisitos ikebanas, siguen en línea a la palmera caribeña.

En algunos barrios, canteros baldíos nos recuerdan que alguna vez en ese pedazo de tierra no había ciudad, ni nada, sólo pampa y pastizales surcados por arroyos sin nombre. Quizás esas pequeñas reservas aún guarden la memoria del gliptodonte.

Un capítulo aparte lo constituye el universo de elementos foráneos al cantero mismo, que intersectan tiempo y espacio hablando de otros, aquellos que pasan y dejan efímera huella. Motos encadenadas, calzado de feria americana, ropas desarticuladas, o jirones de un sillón les otorgan cierto halo escenográfico. A menudo materiales de construcción sobrantes de obras privadas aguardan segundos usos. Ni hablar de la basura, la caca de perro, los papelitos y botellas de gaseosas.

Algunos canteros son expresiones cabales del modo de vida y personalidad del vecino que habita en esa dirección. Por ejemplo, la genial idea plantar una maceta en un cantero, con un cactus prehistórico, a modo de extensión del patio de la casa, quizás remanente de la época en que la gente compartía tertulias con vecinos y transeúntes, a batón y camiseta, con mate y pava desde la silla de paja.

Dime qué cantero cultivas y te diré cómo vives.

Extensiones del espacio privado en el no lugar de la ciudad absurda. Intentos de recuperar la dimensión humana y única en el océano de los otros.

Tratado sobre el amplio abanico de límites, formas de construir, destruir, invadir, cuidar recintos, modos de habitar la ciudad, en dinamismo constante.

Micro universos complejos, los canteros son también espacios residuales. Desapercibidos bordes entre la ciudad pretendidamente real, y una naturaleza acotada, punto latente en la eterna inminencia de regresar a su origen y nuevamente abarcarlo todo.
Rita Simoni, enero de 2013